VIAJERAS AL SERVICIO DE SU MAJESTAD

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Autor: María Teresa Díez Martín

Universidad Nacional de Educación a Distancia, UNED. España

Se aborda en este artículo el estudio de las prácticas y representaciones viajeras de las esposas españolas, y secundariamente americanas, de los oficiales militares peninsulares, durante la segunda parte del siglo XVIII. Prácticas que, conformadas por el programa de militarización de la política colonial del reformismo borbónico, tuvieron su razón de ser en el traslado desde España de los oficiales, del Ejército y la Armada, al servicio colonial militar o político-militar en los dominios hispanos de América. Y son aquí argumentadas en lo que significan a las representaciones del colectivo social de la oficialidad militar peninsular en el dominio colonial hispano. Entonces, prácticas viajeras e imaginarios sociales se apuntan articulados, significados,  por un contexto discursivo colonialista y de género. Al fin, contexto que proporciona sentidos a un sujeto viajera metropolitana elitista, sujeto colonizador, y al viaje colonial-militar. A la vez que éstos, viaje y viajeras, definen una parte esencial de la identidad social de este colectivo,  protagonista de la política colonial del siglo, a ambos lados del Atlántico.

Términos clave: viajeras y milicia, prácticas, representaciones, discurso colonial, discurso de género, colonial-militar.

IMAGINARIOS DE UN SEÑORÍO FEMENINO METROPOLITANO

EN EL VIAJE COLONIAL-MILITAR

Ellas fueron las esposas o las viudas de los oficiales militares de tierra y mar[1], a la vez que madres e hijas de militares en mayor proporción según progresaba durante el siglo la profesionalización de la carrera de las armas y se afianzaban los mecanismos de la reproducción social y corporativa. Son sujetos femeninos analizados dentro del colectivo social de la oficialidad, considerado este así en su proyección social antes que profesional. Mujeres peninsulares, en lo principal aquí tratado, que viajaron con o sin sus maridos, hijos/as u otros familiares en otra forma destinadas al servicio colonial.

Aunque no fueron muchas las casadas respecto al elevado porcentaje de militares solteros desplazados, estas viajeras y su viaje se revelan objeto simbólico del dominio metropolitano en la lógica colonialista.

Es decir, que la peninsularidad de estas viajeras, seña de origen, seña del punto de partida del viaje, significada por el imaginario hispanocéntrico y las proyecciones político-sociales del reformismo absolutista, deviene en metropolitanismo. Es el distintivo de un sujeto viajera metropolitana, viajera señorial, interpretado en clave de género netamente colonialista y conformado por los sentidos que crea el viaje colonial-militar, por definición masculino[2]. Por otra parte, y aunque sólo apuntado en el presente artículo, otro rango de significados sobre el mismo contexto discursivo entra en juego respecto a las esposas criollas de la oficialidad peninsular para identificar a un sujeto viajera no-metropolitana, también elitista.

Cabe formular en esta dirección la interpretación de las experiencias viajeras que dan entidad a estos sujetos femeninos en el marco de un imaginario geopolítico colonial vertebrador de la relación jerárquica centro-periferia[3]. Relación interdependiente en la que el viaje colonial, ultramarino y continental, adquiere su significado más primordial. Pues, el viaje, en cualquier dirección del trayecto y en cualquiera de sus tipologías, afirma siempre el centro metropolitano, diferencialmente, sobre el espacio colonial, espacio externo y periférico, espacio subordinado que justifica la existencia misma de la metrópoli.  Léase en esa afirmación, para lo que aquí interesa y como se ha indicado, el imaginario hispanocentrista legitimador de la autoridad peninsular en todos los órdenes.

Es una composición, por tanto, de supremacía, cuyos objetos discursivos son conocidos en lo que construyen el orden social colonial: la civilización superior hispana, la raza superior blanca, el género superior masculino y, fuera de su espacio intrasocial, la superioridad de las mujeres peninsulares por oposición a los “otros”, a “las otras” no blancas o no peninsulares.

Tal escala de categorías, ya resignificada por el racionalismo europeo del dieciocho, se incorporaba a la metanarrativa eurocéntrica de la modernidad, en la que las europeas tuvieron un capítulo enunciado por el discurso ejemplarizante de civilización, de progreso, frente a la barbarie de lo extraeuropeo[4]. Pero no sin que desde la perspectiva hispana esa posición diferencial se formulara confrontada, y por encima de matices, a la sociedad indígena tanto como a la desnaturalización de lo peninsular en se figuraba a los criollos.

 Entonces, encauzado tal imaginario de mujer en el discurso civilizatorio de la milicia se agrega a los atributos de superior calidad, igualados los femeninos y los de la posición social, supuestos a las mujeres de “las primeras clases” peninsulares en las que se encuadraba a las esposas de la oficialidad. La imagen es la de la integridad moral femenina, de mujer de honor, que se correspondía con la masculinidad caballeresca que adornó el honor militar durante el siglo.

Nobles y acaudaladas, según la exigencia de la normativa militar, o a falta de lo primero de probada limpieza de sangre y sobradas “proporciones”. Una suficiencia social y económica que las equiparaba al status de nobleza de sus maridos. Nobleza que validaron socialmente cuando no la sostuvieron con su dinero[5]. Matrimonios de ventaja para la oficialidad, sin duda, que fueron pilares del programa de la aristocratización de la milicia que, en definitiva, legitimaba el orden social colonial y la autoridad de lo militar en él.  En especial, y en el marco del reformismo, la autoridad sobre las élites criollas, las que, por otra parte, desde una singular composición de la jerarquía militar validaron su propio status de poder.

La proyección aristocrática de estos matrimonios compartió imagen, sin excesiva fricción, con la de la profesionalidad militar, que a la sazón justificaba la filosofía ilustrada en los méritos de las armas antes que en los privilegios estamentales. Méritos en los que también se entendieron y anunciaron las “señoras coronelas”, “capitanas”, “gobernadoras” u otras tantas militarizadas coloquialmente por el empleo de sus maridos. Era una proyección pública explícita de servidoras de la patria y de los ejércitos del rey en la misma medida que obligadas a sus esposos. Servicio en el que se reivindicaron en variadas situaciones ante la administración real[6] y con especial insistencia sobre lo gravoso de los desplazamientos. Aunque no sin motivo se llamaron viajeras esforzadas, que al igual que sus maridos sufrieron las muchas incomodidades y los peligros de los viajes oceánicos o de las rutas terrestres. Trasiegos más meritorios por lo impropio del ritmo militar impuesto a señoras de privilegio.


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